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martes, 22 diciembre 2015

 

 

Soy, al igual que todos ustedes, un compendio de vivencias, de victorias y derrotas, de arraigo a la tierra, de cicatrices, lágrimas y risas. 
Soy, como todos ustedes, polvo del camino, errores y algún acierto, fuego y hielo en las entrañas. 
Arrastro, como ustedes, miedos y dudas, la seguridad que te aporta la experiencia, besos y bofetadas.
Lucho cada día, sin saberlo, contra molinos que parecen gigantes, contra una mente quebrada, contra una desmesurada impaciencia que hace que me equivoque mil veces, tal que como todos ustedes.
Sueño, como vosotros, despierto. Sueño con las personas que nos dejaron, con las que dejamos nosotros, con la música que marca nuestro baile, con los versos jamás escritos.
La tormenta y la calma, la luz del alba y el ocaso, la paz y la guerra, las heridas tatuadas con fuego en el corazón, la alegría desmedida del encuentro, el abrazo cálido de las patrias, el aliento amigo de los compañeros de lucha...
Tengo, como todos ustedes, una historia que contar tras de mí. Somos, cada uno de nosotros, protagonistas de una película única, personajes forjados por los avatares de una vida y por la personalidad esculpida por unas creencias y convencimientos que nos hacen como somos.
A mí, al igual que a ustedes.

 

 

jueves, 17 diciembre 2015

 

 

El frío atenazaba sus agrietadas y sucias manos. Tan apenas podía liarse un último cigarrillo antes de buscar cobijo bajo sus cartones y esperar a despertar al día siguiente con varios grados bajo cero.

La ciudad se dibujaba diferente, más colorida, pero sus habitantes eran los mismos. Personas que vienen y van, sin mirar al suelo, cargadas de bolsas y paquetes como si ya no fuese a haber un mañana.

Él permanecía en el mismo lugar que el resto del año, en la tercera escalera de acceso a una pequeña iglesia que abre sus puertas los sábados y domingos para señores y señoras engalanadas y las cierra el resto de la semana. Pero él permanece allí, un día sí y otro también, ninguneado por el mundo, invisible a los ojos de los hombres.

Apuraba, con su último cigarro, un cartón de tetrabrik de vino agrio y amargo sin tener conciencia de en qué día se encontraba.

Su aliento se quedaba congelado en cada espiración. El frío le hizo apurar el cigarrillo hasta casi quemarse los labios.

Con cada mirada de indiferencia se sentía más pequeño e invisible. 
Preparó sus cajas de cartón, dispuesto a librar una vez más una batalla a la vida. Cada noche podía ser la última.

Cuando se encontraba acurrucado, atenazado por un frío terrible, sintió un aliento cálido en su nuca. Una sensación aterciopelada le recorría el rostro. Abrió los ojos y pudo comprobar como un perro de mediana estatura se acomodaba a su lado, entre sus cartones, proporcionándole calor, pero sobre todo, una sensación desmesurada de compañía.
Fue entonces, al calor de su nuevo compañero, cuando se dio cuenta
de que era Navidad.

 

 

miércoles, 16 diciembre 2015

 

 

Gratitud

La gratitud y el apoyo de mi compañero José Angel Barcenilla, vasco (casi como yo) no tiene límites. Ha sido, sin lugar a dudas la persona más pendiente de mí en todo momento, hace 20 años y ahora. Él y gentes como él son los que me hicieron amar a Euskadi, como mi segunda patria. Y así sigue siendo. Si la amistad sin condiciones tiene nombre y apellido, yo la conozco y la reconozco. Estuvo y se mantuvo a mi lado cuando no eran buenos tiempos para la lírica, ni cuando se acabaron esos tiempos de rosas.

Capeamos temporales. Disfrutamos con el deporte y con el trabajo que conlleva. Fuimos pioneros en tierra hostil, abrazada al fútbol, al ciclismo y a la pelota.

Nos enorgullece el Kadagua Eskubaloia Elkartea, algo con vida propia y que me gustaría escribir o hablar de su historia. Las Enkartaciones merecen saberla.

Soy Aragonés y Vasco. Vasco y Aragonés. Como Imanol y Labordeta. Como Labordeta e Imanol.

 

 

 

martes, 15 diciembre 2015

 

 

15 de Diciembre, a diez días de la gran estafa universal. Crece mi desánimo y desasosiego conforme pasan los días. No me gusta ver mal dibujadas sonrisas en rostros que jamás sonrieron ni que vecinos que jamás me honraron con un saludo me deseen la felicidad. Porque todo es más serio que colgar papanoeles en las ventanas o poner lucetas de colores en tu terraza como si fuera un puticlub.

Dentro de díez días todo seguirá igual. No hay nada que celebrar. Habrá inmigrantes que pasen la noche del día 24 encaramados, sin cenar, en la valla de Ceuta y Melilla. Los habrá que sus cuerpos flotarán boca abajo sobre la superficie del mar tras un desesperado intento de alcanzar nuestras costas mientras nosotros reventamos de comer y beber sin mesura.

El Pueblo Palestino continuará ninguneado y represaliado, defendiéndose a pedradas de Israel y el virus del Ébola segurá matando en África mientras nos tomamos nuestro ibuprofeno para el malestar gripal.

Los que nos gobiernan seguirán metiendo la mano en nuestro bolsillo para llenar el suyo, destituyendo a Jueces que luchan contra la corrupción, diciendo que España está saliendo de la crisis a pasos agigantados, mientras en algunas comunidades no se abrirán los comedores escolares porque nuestros niños están gordos. Tres de cada diez niños vive bajo el umbral de la pobreza en este País de pandereta.

Durante estas fiestas, por lo menos cinco mujeres morirán por la violencia machista, sin que el gobierno ni la sociedad en general muevan un sólo dedo, cuando este tipo de violencia ha generado más muerte en doce años que ETA en toda su historia. Pero Otegi seguirá en la cárcel sin saber, ni siquiera sus propios carceleros, muy bien por qué.

Los niños son los únicos que viven estos días de manera especial porque no saben, nadie les ha contado, que al mismo tiempo y a la misma velocidad que ellos desempaquetan juguetes, en otra parte del mundo mueren como moscas sin saber lo que es el amor ni el cariño humano.

Quedan diez días para que vuelva a nacer, un año más, su Dios. El Dios de los pederastas, de las Santas Cruzadas, de los poderosos del Opus Dei.
El mismo Dios al que dentro de tres meses, como cada año, volverán a matar.

 

Domingo, 13 diciembre 2012

 

 

 

 

Sol estaba terminando de preparar las maletas. Sonreía cuando observaba todo lo que se llevaba para una estancia corta. Siempre le ocurría lo mismo a la hora de hacer el equipaje: se sobrecargaba.

 

Hay que ir con menos lastres por la vida, solía decirse. Si al final la mitad de las cosas no las necesitamos...

 

Marcos, su pareja, estaba nervioso. No hacía mas que mirar el reloj. Para entretenerse durante esa espera pensaba en otros tiempos, en las cosas importantes que le había ofrecido la vida y que él había dejado pasar, preocupándose por cosas mínimas, sin la menor importancia.

 

Aquello le recordaba el nacimiento de su primer hijo, ese ir y venir, maletines, nervios... Pero hoy el único nervioso era él.

 

- ¿Te preparo un café? Le dijo Sol.

 

- Sí, me vendrá bien.

 

Tomaron el café, fuerte, con canela y unas virutas de chocolate.

 

Y mientras a Marcos se le resbalaban las lágrimas por la mejilla, en silencio, Sol le dio un beso y le dijo al oído:

 

- Todo saldrá bien. Sólo es un cáncer de mama.

 

Le cogió de la mano y le llevó para que le ayudara a cerrar todas las bolsas que había preparado.

 

- Tú imagínate que nos vamos de vacaciones. De lo demás ya me ocupo yo.

 

 

sábado, 12 diciembre 2015

 

 

Sus cansados ojos habían visto pasar cientos de trenes por la estación de la populosa urbe. La tristeza por la pérdida de su última nieta y la hambruna le habían convertido en un hombre triste, huraño y derrotado.

 

La sala de espera de la gran estación de su ausente ciudad se había convertido en su hogar durante los últimos meses.

Una niña, de unos diez años, le visitaba a diario y le hacía compañía durante las largas horas del día. Le recordaba a su nieta. Ninguno de los dos sabía el nombre del otro. Ni siquiera se lo habían planteado, tal vez para no fortalecer unos vínculos de los que ya no podían escapar.

 

- Buenos días, señor.

 

- Hola, niña. Siéntate y cuéntame cómo está la ciudad.

 

- Sin ningún cambio, señor. Con mucha gente, pero pocas personas. Y con mucha hambre. Le traigo un poco de arroz que he cogido del orfanato.

 

- Gracias niña. Algún día tendrás problemas por sacar comida a escondidas.

 

- ¿Sigue contando los trenes que pasan?

 

- Es mi único entretenimiento. Ver pasar los trenes y adivinar la vida de las personas que se suben y bajan de ellos. Me fijo en sus vestiduras, en su forma de caminar, en sus miradas. Hay una luz especial en las personas que bajan de los trenes…

 

- Eso es porque se han atrevido a subirse en ellos, señor. Los trenes no están para verlos pasar, sino para cogerlos.

 

La niña besó su arrugada mejilla y se alejó. El viejo pensó en aquellas palabras y en que no tenía nada que le atase a aquella urbe, salvo esa pequeña niña a la que él no podía dar lo que necesitaba.

 

Salió al andén, el frío le recordó que estaba vivo y miró al horizonte para subir en el próximo tren.

 

El tren que avivó en él la esperanza.

 

viernes, 11 diciembre 2015

 

 

 

Quiero ser traficante de palabras, de versos, de sentimientos. Quiero estar fuera de la ley, en el filo del alambre. No me busques por grandes senderos ni avenidas concurridas. Búscame en el lado oscuro, donde nacen las pasiones, donde lo sencillo y natural es tan difícil.

jueves, 10 diciembre 2015

 

 

 

 

Y me pregunto yo... ¿Porqué el Estado se gastaba cientos de millones de Euros en dar protección a sus concejales, compañeros de partido, jueces, periodistas, empresarios, etc., cuando estaban amenazados por ETA, bien con FOP o con Seguridad Privada y no se le ocurre a nadie del Gobierno hacer lo mismo con las mujeres amenazadas o con sus parejas con orden de alejamiento?
¿Sabéis quién controla si ese alejamiento se cumple? La víctima cuando la matan. 
El terrorismo machista es cuestión de Estado, pero aquí todos miran a otro lado.

 

miércoles, 9 diciembre 2015

 

 

 

 

Después de no cenar, se acurrucó entre sus cartones que llenaban por la noche el descansillo de la entrada del metro. Había una niebla que no permitía distinguir los semáforos de un lado al otro de la calle. Era de esa niebla que calaba, que los huesos los convertía mar, esa que en Aragón llamamos dorondón, al helarse sus minúsculas gotas sobre las plantas o las telas de araña.
No había cenado mal. Unas piezas de fruta, de las cuales se podía aprovechar bastante y unos yogures caducados de hace una semana, que el supermercado había tirado en sus contenedores de basura. Es cierto que había tenido que pelear por ello. Cada día eran más las personas que iban a buscar comida a esos contenedores.
Ella sólo cogía lo justo para matar el hambre. Sabía que había muchos cabezas de familia que buscaban para los suyos. Además, el alcohol también le llenaba el estómago y le ayudaba a dormir.
El frío le hacía tremolar todo el cuerpo. No entendía de campañas electorales ni elecciones. Tampoco tenía claro qué era la derecha y la izquierda. Compañeros suyos de la calle se habían enzarzado en una pelea por la tarde por un debate televisado de los que mandan. Ella sabía a ciencia cierta que la pelea era por un cigarro.
Tardó en conciliar el sueño. Bilbao en esas fechas era un ir y venir de personas dispuestas a gastar lo que ella jamás imaginaba ganar, en regalos navideños.
Comenzaron a caer los primeros copos. Se dio cuenta que ya no le quedaba vino para combatir el frío, cuando de repente, El Corte Inglés iluminó su fachada entre aplausos de los viandantes.
Estaba claro que no era su día. Con esa luz era imposible conciliar el sueño.
Recogió sus cosas, sus cuatro cartones, y se fue en busca de un lugar más sereno, mientras mascullaba entre dientes, ¡maldita Navidad!...
Al pasar junto a uno de los escapates de El Corte Inglés, vio en una televisión a esas personas importantes del gobierno, suplicando votos, llorándolos, con mensajes cargados de mentiras e indiferencia, escudados en sus trajes y corbatas, eternamente risueños, mucho más mendigos que ella, rastreros, pidiendo un voto porque el país estaba bien. 
Las mujeres y los niños eran felices, los trabajadores iban contentos todos los días al tajo, los abuelos disfrutaban de su merecido retiro, y una lágrima le surcó la mejilla. Ella no estaba representada, no existía.
Buscó un lugar, no muy oscuro, para pasar la noche. Y pensando en lo que le había deparado el día y soñando con un mañana mejor, donde no le faltara la comida, un puesto de trabajo, una vivienda digna para compartirla -porqué, no- con su compañero, se quedó dormida.
A las primeras luces del alba, el lugar de su lecho se rodeaba de luces azules y amarillas. Los medios de comunicación recogían la noticia de su muerte, por frío, mientras esos señores y señoras, perpetrados tras sus trajes y corbatas, continuaban con su gira circense, ajenos al dolor de la sepultura en una fosa común, por no haber podido ser.
Las estrellas jamás brillaron igual.

 

martes, 8 diciembre 2015

 

 

 

En la memoria.

 

 

* * *

 

 

 

El debate de ayer (decisivo, decían que era) lo ganó claramente Alberto Garzón.

Qué pobre es la clase política de este país...

 

 

* * *

 

 

*  *  *

 

Retomo con ilusión, tras casi más de un año de inactividad, esta web que siempre fue mi órgano de expresión. El Facebook le robó el protagonismo, pero pueden ir de la mano.

 

*   *  *

 

 

 

Emerjo, solo, entre las sombras
buscando un punto de luz.
El sol todavía duerme,
mientras la luna juega al escondite
y tu luz, apagada, como un faro en la tormenta 
me conduce irremediablemente 
hacia un suicidio certero.
El sol todavía duerme 
y mi sombra, inexistente,
busca un punto de luz.

 

lunes, 7 diciembre 2015

 

 

 

El terrible frío era lo único que les hacía sentir vivos en la noche iluminada por la primera luna llena de diciembre en mitad de la nada. Tan solo se advertía el blanco de sus asustados ojos. El mar los zarandeaba a su antojo, a unos a bordo de una pequeña lancha y a otros tumbados boca abajo sobre la superficie del agua.
Todo. El silencio todo. Y la pena y la angustia, eterna.

 

 

 

 

Foto: Jesús Ariz

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